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Críticas

Canción sin nombre (2019): De Melina León

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Canción sin nombre

Se puede decir que la historia siempre se no ha dado con un filtro. El mundo se altera con los grandes eventos, pero sólo unos pocos viven esos momentos determinantes en primera fila. El resto termina consumiendo lo que se reproduce en los noticieros o peor aún, en estos tiempos, lo que circula en las redes sociales. En fin, las historias oficiales se maduran sesgadas por quienes las construyen. Podemos decir que, de alguna manera, Canción sin nombre (2019) de la directora Melina León nos hace confrontar esta verdad incómoda.

Con su potente retrato de una mujer que es consumida por la miseria del Perú de los ochenta, León no sólo cuenta una historia particular, sino que esboza un retrato completo de una sociedad en el punto de quiebre. La inestabilidad social y política son el trasfondo que contextualizan la historia y funcionan como detonante para que los personajes cobren vida.

Canción sin nombre

Una pequeña televisión nos deja ver algunos titulares e imágenes desalentadoras. Ese prólogo nos ayuda a entender el mundo que le toca vivir a Georgina (Pamela Mendoza) y Pedro (Tommy Párraga). La primera a punto de dar a luz su primer bebé y el segundo ejerciendo como periodista, ambos en el Perú de 1988. Los conflictos armados y la inflación son el pan de cada día, para Georgina esos días son un puro calvario. Pedro pesca nuevas historias en medio del caos y una llamada lo llevará a cruzar caminos con Georgina. Lo que empieza con un ritmo casi documental se adentra en el trhiller de investigación con líneas de drama.

La imagen en ratio 4:3 nos deja planos cuadrados que oprimen a los personajes, sentimos que seguimos viendo esa televisión que al inicio nos presentaba las noticias. Estamos reviviendo la historia en blanco y negro, tal vez es así que la recordamos, sin color. La queremos imaginar distante, pero sigue ahí, aún latiendo. Conceptualmente el formato aporta mucho para construir el lado emocional de los personajes, siempre los vemos atrapados en ese cuadro y sin posibilidades de escapar a su realidad. De igual forma la elección del blanco y negro va más allá de contribuir con la estética visual, esos tonos nos recuerdan que estamos removiendo el pasado y la forma en que se escribió la historia.

Canción sin nombre

Pamela Mendoza (Google images)

El zoo de cristal

Melina León no se conforma con contarnos la devastadora historia de Georgina y como su hija recién nacida es robada. Desde la tragedia individual se gesta el ambiente para tratar temas más generales. Podemos tomar el personaje de Pedro y ver más allá del primer plano y su labor como reportero para toparnos en el subtexto con el tema de la homosexualidad y el tabú social en torno al tema. Siguiendo las huellas de Dreyer, Bergman y Bresson, la directora concibe un mundo que nos agobia en el plano existencial y nos deslumbra en lo visual.

“Tengo trucos en el bolsillo y tengo cosas bajo la manga. Pero no soy un mago. Más bien, todo lo contrario. El les ofrece ilusión con apariencias de verdad. Yo les doy la verdad bajo el grato disfraz de la ilusión.”

(El zoo de cristal, Tennessee Williams)

Inti Briones (Tarde Para Morir Joven) es el dueño de la fotografía de Canción sin nombre y demuestra maestría absoluta. No hay un solo detalle que se escape en la construcción de cada plano. Ya sea con la cámara fija o en movimiento, las composiciones son pura poesía. La secuencia de la clínica, la conversación en el bote, la celebración que termina de forma abrupta, todas tienen la capacidad de impregnarse de forma definitiva en la memoria.

Cuando el final nos abraza y la cámara se va fijando sobre el rostro de esa afligida Georgina entendemos como encaja el relato de Pedro y su fugaz aventura con el impulsivo actor que se encuentra preparando su papel la obra “El Zoo de cristal” de Tennessee Williams. Detalle no menor que, sin dudas, apunta a la forma en que se percibe el mundo y la realidad de lo que es. Melina León hace una visita al pasado abordando un tema que le toca fibras muy sensibles y en ese ejercicio trata de despojar los recuerdos de cualquier filtro que pudieran contaminar el relato.

9/10

 
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